Donde estás lucía.

Ayer terminaba de empacar mis cosas para mudarme a la ciudad en la que me esperaba mi nuevo empleo, mi nueva vida. A lo largo de mi carrera como educadora he conocido a muchos niños e infinidad de personas, y puede que al cabo de un tiempo termine pasando por alto alguno que otro evento, aun cuando en su momento hayan marcado mi vida. Estas reflexiones me inundaron justo ayer, cuando empacando algunos de los trabajos de antiguos alumnos, encontré un cuaderno de dibujos que trajo a mi memoria un episodio de mi vida que, aun cuando pareciese que puede tratarse de un caso común en nuestro país y por las condiciones en las que se dio, a mí no deja de causarme un inexplicable escalofrío.

Todo comenzó hace diecisiete años, cuando comenzaba mi carrera como profesora. Había estudiado en una pequeña Escuela Normal de un estado alejado de la capital, y ahí era tradición que para «forjar el carácter» se enviara a los maestros recién egresados a remotas escuelas rurales a ejercer la profesión. Los que mostraran verdadera vocación en condiciones tan extremas eran entonces colocados con el tiempo en mejores condiciones laborales. A mí me fue asignada una pequeña escuela rural improvisada en una casa que había sido incautada por el municipio después de estar abandonada por largo tiempo. La construcción era bastante ruinosa, de modo que sólo se utilizaban cuatro habitaciones (las que se consideraban más seguras para tener ahí a los niños) a manera de salones, y una letrina que se encontraba al centro del patio de la construcción, detrás de un enorme y antiquísimo roble que oscurecía dicho espacio.

Por ser la novata me fue asignado el grupo de primer año, en el que se comprendían a los niños más pequeños, de entre seis y siete años, y en los que se intentaba cubrir el programa de lo que en una escuela regular se aprendería en primero y segundo grado. Ahí los niños eran bastante listos y despiertos, y aprendían mucho del mundo natural viviendo en el campo y conviviendo con adultos de varias generaciones en sus familias numerosas. Pero una pequeñita me llamaba bastante la atención, al grado de que le tomé un cariño que trascendió nuestra relación alumno-profesor. Era una pequeñita de las más chicas, muy inteligente y extrovertida, con un lenguaje claro y vocabulario amplio, y a quien sus compañeros querían mucho porque mostraba dones maternales hacia los demás niños, como si ella fuera la encargada de su cuidado. Su nombre era Lucía, ella vivía en la parte más alejada del pueblo en unos sembradíos que sus abuelos le habían heredado a su padre, quien trajo a su madre a vivir con él desde otro pueblo. Sus padres eran amables y queridos en todo el pueblo, aunque no les eran conocidos parientes cercanos y nunca ningún familiar los visitaba.

Pero a mitad del ciclo escolar, todo cambió con la pequeña Lucía. Regresábamos de las vacaciones de invierno, y como es costumbre pedí a mis alumnos que me contaran cómo habían celebrado las fiestas de Navidad y Año Nuevo, así como lo que habían hecho durante los días de descanso. Para empezar me sorprendió que Lucía no fuera la primera en levantar la mano para contarnos, pero mi gran sorpresa fue cuando, al descubrirla mirando por la ventana distraída, decidí pedirle directamente que nos contara. Su participación se limitó a frases cortas y era como si tratara de evadir el tema, fue algo más o menos como «Nada especial, nos visitó mi tío El Flaco» y se sentó mirando por la ventana con una expresión como la que hacen los niños cuando le dicen algo a otro esperando que su mamá no los escuche. Y todo ese día fue lo mismo, Lucía se aisló en un rincón y se limitó a participar sólo cuando se le era requerido, además de que no dejaba de mirar por la ventana. Cuando tenía oportunidad, y sin que los alumnos se dieran cuenta, me volteaba para ver qué era lo que robaba la atención de la niña que anteriormente fuera tan dedicada a la clase, pero en el área del patio a la cual daba la ventana de mi salón no había más que hierba seca y mobiliario escolar en desuso, así como viejas herramientas de campo abandonadas; no era un paisaje muy interesante para una niña de seis años.

Cuando la mamá de Lucía fue a recogerla ese día, decidí preguntarle si todo estaba bien con la pequeña, pero la mamá no parecía haber notado siquiera el cambio en la niña. Al día siguiente el comportamiento de Lucía no mejoró. Se notaba retraída y hasta temerosa. Al ver que no quiso salir a jugar al patio a la hora del almuerzo, me acerqué a platicar con ella. El hecho pareció incomodarla bastante, pero yo comencé a interrogarla. Le pregunté si se sentía bien, si le temía a algo, si algo le había pasado en casa, pero todas sus respuestas se limitaron a «sí» o «no». Hasta que entre mi interrogatorio se me ocurrió preguntar, «¿Se trata de tu tío “El Flaco”?», sólo entonces la niña apartó la mirada de la ventana y volteó a verme a los ojos, con una expresión de alarma que no había visto antes en un niño de su edad. «¡¿Qué?!», dijo mirándome con asombro como si de algún modo hubiese descubierto un secreto que no tenía forma de saber. Sentí como si me estrujaran el alma y esperé lo peor. Le pedí que me contara, le dije que podía confiar en mí, que yo la iba a ayudar sin que su tío lo supiera. Entonces miró por la ventana, se acercó a mi oído y susurró con una voz casi inaudible unas palabras que no olvidaré: «Vino en Navidad. Me pidió que fuera con él, sacó sus manos y patas de monstruo de su traje. Yo lloré y corrí con mamá, pero ella dijo que no pasaba nada. Desde eso me sigue a todos lados, esperando a que esté solita». Para mí esto era un claro caso de abuso infantil. No podía creer que alguien le hiciera algo así a una niña como Lucía, y mucho menos que sus padres lo permitieran.

Hablé con la directora de la escuela, pero ella me dijo que antes de intervenir y meternos en problemas, debíamos estar seguros, así que ese mismo día por la tarde decidí ir a su casa. Estuve varias veces a punto de perderme en el denso bosque de la sierra, pero afortunadamente los remotos vecinos de Lucía me dieron muy buenas direcciones. Llegué a su casa abriéndome paso por las mazorcas del plantío que estaba frente a su casa. Su madre lavaba ropa en unas cubetas en el patio, mientras que la niña, casi paralizada y mirando fijamente al plantío, la acompañaba. La pobre pequeña sufrió un ataque de pánico y saltó sobre su madre cuando me vio salir de entre las mazorcas; tardamos una hora en calmarla, hasta que al fin se quedó dormida. Su madre me ofreció una taza de atole caliente y me invitó a sentarme justo frente a ella en la mesa que, además de las dos camas y el fogón, servía como mobiliario a la pequeña cabaña. Se dispuso a limpiar unos frijoles al tiempo que preguntó:

—¿Y ‘ora maestra, a qué debemos el honor de su visita a ésta, su humilde casa?

No quise andar mucho con rodeos, y le dije:

—La verdad es que he notado un comportamiento extraño en su hija, y me temo que podría estar siendo abusada por su hermano o su cuñado.

Se detuvo pensativa y apartó la mirada de la olla donde vaciaba los frijoles que ya había limpiado, para decirme:

—¡Ah caray! Pos si yo no tengo cuñados, y ella nunca ha visto a mis hermanos, ¿cómo sería eso entonces?

No me sorprendí mucho, puesto que la niña ya me había anticipado un poco que sus padres no le habían hecho caso la primera vez, así que insistí.

—Se trata de la visita que tuvieron en Navidad, tal vez sea un conocido o amigo de la familia —le dije.

—Mire, maestra, ya sé por dónde va la cosa, y se me hace raro que siendo usted estudiada se deje engañar por imaginaciones de chamacos —me contestó.

—No debería tomar tan a la ligera acusaciones tan delicadas viniendo de una niña que no tiene la malicia de mentir sobre algo así —reproché.

Entonces la señora me volteó a ver con un gesto que denotaba que se comenzaba a exasperar; hizo a un lado los utensilios de cocina que estaba utilizando y juntó las manos solemnemente sobre la mesa.

—¿Ella le dijo que la violaron? —me preguntó con un tono duro y mirada molesta.

—Pues no directamente, pero su comportamiento y… —La señora interrumpió.

—Mire maestra, no quiero ser grosera, y a lo mejor usted me va a tirar de loca ignorante, pero esto no es lo que usted cree, y si no se tratan de imaginaciones de una niña que escuchó muchos cuentos de espantos, pus entonces es algo que no puede usted resolver.

—¿A qué se refiere? —pregunté.

Entonces volteó a ver que la niña durmiera profundamente; se levantó, la cubrió con una cobija y puso sobre su pecho un rosario desgastado que estaba colgado en un clavito en la pared.

—Le voy a pedir que me escuche sin interrumpirme, le voy a decir todo lo que sé. Piense lo que quiera, después de eso le voy a pedir que se vaya y yo haré lo que pueda por ayudar a mi niña.

Asentí con la cabeza, y me dispuse a escuchar sin vislumbrar si quiera lo que me esperaba.

—A mi niña la visita el Demonio. Sé que no es un hombre porque aquí nadie nos visita, y todo el contacto con personas que tenemos es porque nosotros vamos al pueblo. Y ahí el único momento en que la niña no está conmigo es cuando está en la escuela. ¡No la dejo sola ni para irme a confesar, maestra! Siendo así las cosas le voy a contar lo que pasó el día de la Navidad. Amaneció y nos pusimos a trabajar como siempre. Luego fuimos al pueblo a dejar maíz a los molinos; eso lo hizo su papá mientras íbamos al mercado a comprar las cosas para nuestra pequeña posada. Fuimos a la misa del mediodía y nos regresamos para acá. Mientras que yo hacia el ponche y cocinaba la gallina que habíamos matado en la mañana, mi marido y Lucía colgaban la piñata en el jardín y mi marido limpiaba el patio para tronar cuetes en la noche. Entró a buscar unas herramientas a la casa, y cuando salió, la niña ya no estaba en su sillita. La buscamos y se encontraba en la parte de atrás de la casa, allá donde se acaba el frijol, paradita mirando al bosque. Me acerqué a ver si alcanzaba a ver lo que ella estaba viendo, pero no había nada. Entonces le dije, despacito para no espantarla, «¿Qué estás viendo?», pero ahí mismo ella brincó y comenzó a llorar como si estuviera lastimada, y gritaba, «¡Viene por mí! ¡Sus patas!, ¡me agarran! ¡Ayúdenme!».

»Entonces la cargamos y corrimos a revisarla para ver que ningún animal la hubiera lastimado, pero nada. Entonces ya nada celebramos. Toda la noche estuvo alucinando, pero no tenía fiebre, no comió, casi no durmió, y sólo veía la ventana pidiendo que no la dejáramos sola. «No dejes que me lleve Ma», era lo único que repetía sin parar de llorar. Ni mi marido ni yo dormimos esa noche, yo al lado de la niña dándole tés, y él sentado con su escopeta al pie de la ventana de la niña, pero nada pasó. Al otro día la subimos a la camioneta, todavía estaba muy espantada, y la llevamos al pueblo. Primero al doctor, pero estaba bien, no tenía signos de que nada ni nadie la hubiera lastimado, ni de tener ninguna enfermedad. Luego la llevamos a la delegación. Una patrulla nos acompañó, pero no encontró nada, ni siquiera animales salvajes. Entonces decidimos llevarla con la hierbera. Ella nos dijo que algo que no era de este mundo estaba queriendo llevársela, pero no sólo su alma, sino toda ella. Entonces empezó a curarla. Le dio amuletos y le dijo que nunca se alejara de alguien que la cuidara. Ahora rezamos mucho y la cuidamos, pero creo que el Demonio está enfermando su cerebro.

La mujer retomó el trabajo que hacía antes de su historia y guardó silencio por un rato. Esperé, pero al no obtener respuesta decidí preguntar: «¿A qué se refiere con que está enfermando su cerebro?». Entonces la mujer se levantó de la mesa y tomó de la repisa que estaba sobre la cama de la niña una libreta muy vieja y desgastada. «Mire», dijo, y acercó a mí la libreta.

Comencé a hojearla mientras la mujer continuaba limpiando frijoles. Al principio la libreta tenía cuentas y listas de compras, por la mitad tenía unos cuantos dibujos con crayolas de paisajes soleados propios de un preescolar y fallidos ensayos de letras también hechos con crayolas de colores, pero en toda la última parte del cuaderno sólo se repetían dibujos de arañas de proporciones enormes con respecto a los árboles que las rodeaban, y alrededor de los dibujos muy claramente se leían las palabras «no ir». En todos los dibujos repetía el patrón, además de que sólo estaban hechos con crayón negro, y extrañamente la araña en todos los dibujos usaba una clase de sombrero.

—…Y ¿no ha intentado llevarla a un psicólogo…? —pensé en voz alta. Pero la mujer, con gesto de preocupación, respondió:

—No maestra, no quiero que me la encierren en un manicomio, donde el Demonio se pueda tragar su alma.

Ese día abandoné la casa de Lucía con muchas dudas. Su madre me permitió conservar el cuaderno de dibujos para intentar analizarlo con mis incipientes conocimientos de psicología. Pero lo más triste pasó después. Al día siguiente Lucía no se presentó a clases. Me sentí culpable al pensar que tal vez aún estaría alterada por el susto que le había causado con mi visita; pero tras una semana de ausentismo escolar decidí indagar en el pueblo. El padre de Lucía tenía una semana de no cumplir con sus entregas, y su madre no había sido vista ni en el mercado, ni en la iglesia, ni siquiera con la hierbera. Los habían ido a buscar a su casa pero nadie respondía a la puerta. Todos pensaban que tal vez habrían ido a la capital a llevar a su niña al doctor. Quise intentar de nuevo en su casa, y me aventuré otra vez a caminar por horas hasta la casita de Lucía.

Llegué, y no pude evitar notar que los plantíos estaban muy descuidados. Los animales de la familia estaban muriendo de hambre, pero detrás de la cabaña estaba la camioneta familiar, y ahí dentro se podían observar las herramientas, los documentos del padre de Lucía, y en la parte trasera todo un cargamento putrefacto de maíz listo para ser entregado. Llamé a la puerta una, dos, tres veces. Llamé más fuerte sin obtener respuesta, y tras golpear con más fuerza la puerta se abrió. No había sido asegurada, ni por dentro ni por fuera, pero lo que más me llamó la atención fue la disposición de la casa. En la cama de la niña estaba el mismo cobertor con que su madre la había arropado el día que las visité, con el viejo rosario gastado, pero ahora roto y desperdigado encima, y a los pies de ésta los mismos zapatitos que aquella tarde le había quitado. En el fogón apagado estaba una olla de caldo putrefacto que despedía un desagradable hedor, y en la pequeña mesa un montículo de frijoles sin limpiar y una olla de frijoles ya limpios, y junto a ellos mi taza de atole enmohecida.- Donde estas lucia

La Leyenda De Bloody Mary.

La leyenda todos la conocemos.

Al menos la parte en la que te pones frente al espejo y dices tres veces su nombre.

Entonces una chica o mujer se aparece y te desfigura o te mata . Pero la leyenda dice más de lo que sabemos,

se dice que hace muchos años Mary enfermó y murió. Su familia la enterró.

En los años en los que vivía Mary se enterraban a los cuerpos con una especie de cuerda que estaba atada en la superficie a una campanilla, ya que se conocía lo que era la catalepsia.

Resulta que Mary se despertó y tocó la campana, pero nadie la escuchó . A la mañana siguiente los familiares vieron que la campana estaba en el suelo. Al desenterrarla encontraron a Mary sin uñas ya que estas estaban rotas y ensangrentadas en la parte superior del ataúd.

Mary echó una maldición antes de morir y ahora todos los que frente de un espejo la llamen nombrando su nombre tres veces, morirán. Pero antes de eso escucharás la campana que nadie escuchó cuando Mary murió.

Se confunde con la historia de María I de Inglaterra llamada María la sanguinaria.

Llamada así por sus actos contra los protestantes. Su historia se ha mezclado con la historia de Ersebeth Bathory, dando así una confusión enorme.

Pero esa Mary y la de la que ahora os hablo son dos mujeres totalmente distintas.

El origen de Bloody Mary como leyenda urbana se expande en 1978 cuando Janet Langlois publica su ensayo titulado Mary Whales, I Believe in You’: Myth and Ritual Subdued.

En donde Langlois pretende explicar el origen de la leyenda y el significado del espejo . Era el único ensayo que estudiaba en profundidad el caso de Bloody Mary recogiendo narraciones y sucesos de diversas personas.

Pero como en toda leyenda urbana , existen varias versiones ,en 1976 Mary and Herbert Knapp en su antología llamada el folclore de los niños americanos , cuenta que un niño llamó a Mary Worth cuarenta y siete veces frente al espejo y esta apareció con un cuchillo y una verruga en la nariz.

En 1988 Simon J. Bronner incluye en su libro un apartado titulado Los rituales de Mary Worth.

donde nos cuenta que Bloody Mary fue asesinada en el bosque detrás de la escuela elemental Pine Road

y que para llamarla las niñas tenían que ir al cuarto de baño y pincharse los dedos con un alfiler para extraer dos gotas de sangre ,y después decir:

“Creemos en Bloody Mary” diez veces con los ojos cerrados. Al abrir ojos y mirar en el espejo verían a una niña de pelo largo , piel clara y un corte en la frente de donde brotaba sangre.

Incluso parece haber una versión en la que Mary Whales apareció en una esquina cuando estaba lloviendo , y un amable hombre se ofreció a llevarla , pero cuando avanzaron esta desapareció dejando solo una mancha de sangre en el asiento . ¿Una mezcla de la chica de al curva? .

¿Y qué pinta el espejo en todo esto?

En la cultura popular se cree que los espejos son puertas a otros mundos . Todo esto se cree debido a la creencia que los antiguas mesoamericanos tenían respecto a estos objetos . Creían que además de predecir el futuro podrían comunicarse con sus antepasados , dioses y el otro mundo.

Si ahora consideramos que Mary es un espíritu ¿ Qué mejor forma de comunicarse con ella que con un espejo? .

Como habéis podido comprobar, a nuestra tenebrosa amiga Mary se le llama de diversas formas .

En el texto que os he expuesto anteriormente se le ha nombrado como Bloody Mary , Mary Worth , Mary Whales.

Esto a mi parecer es una muestra más de que es solo una leyenda urbana extendida en diversos lugares . Aunque ¿ te atreves a averiguarlo?.-

La Leyenda De Bloody Mary

También puede ser de tu interés!

Dónde estás Lucía.

Sugerencia 2.

Parque Fe.

Jikininki

Jikininki, Una vez, Musõ Kokushi, sacerdote de la secta zen que viajaba solo por la provincia de Mino, se perdió en una comarca montañosa donde no había nadie que lo guiara. Erró sin rumbo durante largo tiempo; y ya desesperaba de hallar refugio durante la noche, cuando vislumbró, en lo alto de una colina iluminada por los últimos rayos del sol, una de esas pequeñas ermitas llamadas anjitsu, que suelen construir los monjes solitarios. Aunque parecía estar derruida, Musõ se apresuró a acercarse a ella; descubrió que la habitaba un anciano monje, a quien rogó que le concediera alojamiento por esa noche. El anciano rehusó con hosquedad, pero le indicó a Musõ la situación de una aldea, en un valle próximo, donde hallaría alojamiento y comida.

Musõ se encaminó hacia la aldea, compuesta por menos de una docena de granjas; el jefe del villorrio lo recibió en su casa con suma afabilidad. A la llegada de Musõ había cuarenta o cincuenta personas reunidas en el aposento principal; a él lo guiaron hasta un cuarto pequeño y apartado, donde pronto le ofrecieron cama y alimento. Vencido por la fatiga, Musõ se acostó muy temprano; pero poco antes de medianoche su sueño se vio interrumpido por un llanto que provenía del aposento contiguo. Deslizaron entonces las puertas corredizas; y un joven, que llevaba una lámpara encendida, entró al cuarto, lo saludó con una reverencia y le dijo:

-Venerable señor, es mi penoso deber informar que ahora soy el responsable de esta casa. Ayer no era sino el hijo mayor. Pero cuando llegasteis aquí, vencido por la fatiga, no queríamos incomodar de ningún modo: no os anunciamos, pues, que mi padre había muerto hacía apenas unas horas. Aquellos a quienes visteis reunidos en el aposento contiguo son los habitantes de esta aldea; se han congregado aquí para rendirle al muerto un póstumo homenaje; y pronto se marcharán a otra aldea que dista tres millas de aquí, pues nuestra costumbre nos prohíbe permanecer en la aldea la noche que sucede a la muerte de alguien. Hacemos nuestras ofrendas, elevamos nuestras plegarias, y luego nos retiramos, dejando solo al cadáver. En la casa donde queda el cadáver suelen suceder cosas extrañas: pensamos, pues, que sería mejor que nos acompañarais. En la otra aldea hallaréis buen alojamiento. Aunque, quizá, siendo un sacerdote, no temáis a los demonios y a los espíritus malignos; y, si no os inquieta quedaros solo con el muerto, sois bienvenido a nuestro humilde hogar. No obstante, debo advertiros que nadie, salvo un sacerdote, se atrevería a pernoctar aquí.

Musõ respondió:

-Vuestras cordiales intenciones, así como vuestra generosa hospitalidad, merecen mi más profunda gratitud. Pero lamento que no me hayáis anunciado la muerte de vuestro padre en cuanto llegué, pues, aunque estaba algo fatigado, por cierto, que no lo estaba al punto de hallar dificultades en cumplir con mis deberes sacerdotales. Si me lo hubierais dicho, habría administrado el servicio antes de que todos partieran. Así las cosas, lo administraré una vez que os retiréis, y permaneceré con el cuerpo hasta la mañana. Ignoro a qué os referís al mencionar el peligro que entraña quedarse aquí a solas; pero no temo a demonios ni espectros: os ruego, por tanto, que no abriguéis temor alguno por mi persona.

Estas declaraciones parecieron regocijar al joven, quien manifestó su gratitud con las palabras pertinentes. Después, los otros miembros de la familia, así como los aldeanos reunidos en el aposento contiguo, enterados de las promesas del sacerdote, acudieron a darle las gracias, y luego dijo el dueño de la casa:

-Ahora, venerable señor, aunque mucho deploremos dejaros a solas, debemos despedirnos. Las normas de nuestra aldea nos impiden quedarnos aquí después de medianoche. Os imploramos, amable señor, que en todo punto cuidéis de vuestro honorable cuerpo mientras no estemos aquí para serviros. Y si acaso oyerais o escucharais algo extraño durante nuestra ausencia, no olvidéis referírnoslo cuando regresemos por, la mañana.

Todos dejaron la casa salvo el sacerdote, quien se dirigió al aposento donde yacía el cadáver. Habían depositado ante éste las habituales ofrendas; ardía un tõmyõ, una pequeña lámpara budista. El sacerdote recitó las correspondientes plegarias, ejecutó las ceremonias fúnebres, y entró luego en profunda meditación. Así permaneció durante varias horas; ni un sonido alteró la paz de la aldea desierta. Pero en lo más hondo de la nocturna quietud, una Forma, vaga y de gran tamaño, entró sigilosamente; y en ese mismo instante Musõ se vio privado del habla y el movimiento. Vio que la Forma se apoderaba del cadáver, como si tuviera manos, y lo devoraba con más rapidez que un gato al comer una rata; comenzó por la cabeza y luego prosiguió por partes: el pelo, los huesos y aun el sudario. Y esa Criatura monstruosa, tras consumir el cadáver, se volvió hacia las ofrendas y también las devoró. Luego se fue tan misteriosamente como había venido.

Los aldeanos, al regresar por la mañana, hallaron al sacerdote ante las puertas de la casa. Todos lo saludaron; y al entrar y mirar en torno, nadie expresó sorpresa alguna ante la desaparición del cadáver y las ofrendas. Pero el dueño de la casa le dijo a Musõ:

-Venerable señor, acaso hayáis visto cosas desagradables durante vuestra estancia: temimos todos por vos. Pero ahora nos place hallaros sano y salvo. De buena gana nos habríamos quedado, de haber sido posible. Pero las leyes de nuestra aldea, según os informé anoche, nos ordenan abandonar las casas después de un fallecimiento y dejar el cadáver a solas. Cada vez que se infringió esta ley, sobrevino una enorme desgracia. Cada vez que se la obedece, hallamos que el cadáver y las ofrendas desaparecen durante nuestra ausencia. Acaso hayáis visto la causa.

Entonces Musõ le habló de la Forma tenue y horrible que había entrado en la cámara mortuoria para devorar el cuerpo y las ofrendas. A nadie pareció sorprender esta narración; y el dueño de la casa señaló:

-Lo que nos acabáis de referir, venerable señor, coincide con cuanto se ha dicho al respecto desde antiguo.

Musõ entonces preguntó:

  • ¿El monje de la colina no suele realizar los servicios fúnebres para vuestros muertos?
  • ¿Qué monje? -preguntó el joven.

-El monje que ayer por la noche me indicó esta aldea -respondió Musõ-. Llegué hasta su anjitsu, que está en la colina. Rehusó alojarme, pero me dijo cómo llegar aquí.

Todos se miraron entre sí con expresión atónita; y, tras un instante de silencio, el dueño de la casa declaró:

-Venerable señor, en la colina no hay monje ni anjitsu alguno. Hace muchas generaciones que ningún monje reside en esta comarca.

Musõ no dijo nada más al respecto, pues era evidente que sus amables anfitriones lo juzgaban víctima de alguna ilusión sobrenatural. Pero en cuanto se despidió, no sin procurarse la información necesaria para proseguir su camino, decidió buscar la ermita de la colina para confirmar si había sufrido o no un engaño. Halló el anjitsu sin dificultad; y esta vez el anciano lo invitó a acompañarlo. En cuanto Musõ entró, el eremita hizo una humilde reverencia y exclamó:

  • ¡Ah! ¿Vergüenza de mí…! ¿Gran vergüenza sobre mí…! ¡Terrible vergüenza sobre mí!

-No debéis avergonzaros por haberme negado alojamiento -dijo Musõ-. Me indicasteis la aldea vecina, donde fui recibido con suma amabilidad; y os agradezco ese favor.

-A nadie puedo ofrecer alojamiento -respondió el recluso-, y no es mi negación lo que me avergüenza. Me avergüenza que me hayáis visto en mi verdadera forma… pues fui yo quien devoró el cadáver y las ofrendas ante vuestros propios ojos… Sabed, venerable señor, que soy un jikininki, un devorador de carne humana. Compadecedme y permitidme confesar la secreta falta que me redujo a esta condición.

“Hace mucho, mucho tiempo, yo era sacerdote en esta desolada región. No había otro sacerdote en leguas a la redonda. De modo que, en esa época, los montañeses solían traer aquí los cuerpos de los que habían muerto (a veces, desde parajes distantes) para que yo cumpliera con los servicios sagrados. Pero yo no cumplía estos servicios y no realizaba los ritos sino por afán de lucro; sólo pensaba en la comida y las vestimentas que podía obtener mediante mi sacra profesión. Y a causa de este impío egoísmo volví a nacer, inmediatamente después de mi muerte, como jikininki. Desde entonces estoy obligado a alimentarme de los cadáveres de la gente que muere en esta comarca: a todos debo devorarlos del modo que anoche presenciasteis… Ahora, venerable señor, permitidme que os ruegue que realicéis un sacrificio Ségaki para mí: ayudadme mediante vuestras plegarias, os lo imploro, para que no tarde en liberarme de esta espantosa existencia…”

En cuanto el eremita hizo esta solicitud desapareció; y también desapareció la ermita, en el mismo instante. Y Musõ Kokushi se halló a solas, de rodillas en el pastizal, junto a un sepulcro antiguo y enmohecido, con la forma que llaman go-rin-ishi, que parecía ser la tumba de un, sacerdote.

Canal de audio libros en telegram.

Hola cómo estás? Espero que bien!

Esta publicación es para invitarte a qué formes parte de un canal de telegram el cual se llama audiolibros,

Qué puedes encontrar?

En este canal como el nombre bien lo dice puedes encontrar audiolibros, algunos de ellos están gravados con voces sintéticas y otros con voces humanas.

Algunos de ellos están grabados por un servidor están hechos con voces sintéticas.

Debido a que pues soy persona con discapacidad visual.

Pero también hay algunos que están gravados con voces humanas y que proceden de otros canales.

Bueno sin más que decir aquí te dejo el enlace a continuación, espero que te guste y De antemano muchas gracias.

Audiolibros aquí

Mi esposa Mariana.

🖤
Mi esposa Mariana

No sé si algún día alguien pueda leer esta carta, pero si la encuentran quisiera contar lo que en realidad me paso y la razón por la que hoy estoy en este lugar.
Terminando mis estudios universitarios conocí a quien fuera el amor de mi vida, Mariana una hermosa muchacha, como quien dice la mujer perfecta, salimos poco tiempo después conocernos por medio de amigos en común y las cosas se dieron muy rápido entre nosotros, después de dos años de relación decidimos dar el siguiente paso y casarnos.
Todo iba a pedir de mano, el matrimonio fue perfecto, la fiesta increíble, en fin, todo salió mejor de lo que esperaba, unos meses más tarde tuvimos a nuestra hermosa bebé, era perfecto, en mi trabajo me iba cada vez mejor y decidimos comprar una casa más grande, en realidad teníamos planes de tener otros niños.
Compramos una casa a las afueras de la ciudad, muy cómoda, espaciosa, en realidad muy hermosa y en un precio razonable, nos mudamos unos días después y todo marchaba bien, todos parecíamos adaptarnos a la casa de manera natural.
Las cosas comenzaron a cambiar cuando varios meses después comencé a presentar molestias para dormir de noche, escuchaba ruidos extraños y todo el tiempo tenía la sensación de que abrían las puertas lo cual al ir a revisar era incorrecto…
Esto siguió pasando hasta mucho después, pero las cosas iban a empeorar…
Cuando mi pequeña niña tenía un año y medio en un descuido de la niñera que la cuidaba mientras íbamos a trabajar se sale a la calle y un auto la golpea dejándola sin vida en el instante, el mundo se nos calló a pedazos, no sabíamos cómo afrontar la vida, sin duda algo que ni al peor se nuestros enemigos le desearíamos.
Tras nuestra tragedia las cosas se volvieron insostenibles en casa, la convivencia entre mi mujer y yo era insoportable, ambos estábamos pasando nuestro duelo de manera egoísta, sin encontrar una respuesta o un por qué a nuestro infierno nos alejábamos cada vez más y las cosas se empezaron a tornar peor cuando comencé a tener pesadillas, horribles pesadillas donde me perseguían por toda la casa muchas sombras por todos lados, despertaba y me sentía paralizado mientras veía cosas extrañas a mi alrededor, estaba consternado, siempre fui escéptico a todas esas cosas paranormales, pero lo que si era un hecho es que algo andaba mal y yo estaba aterrorizado, el miedo se apoderaba de mí en cada uno de esos espeluznantes episodios.
Una mañana decidí acercarme a mi esposa y ceder un poco en mi orgullo al verla llorar con una fotografía de nuestro hermoso angelito, nos acercamos, lloramos juntos y después de mucho tiempo estuvimos bien, sin gritos, sin discusiones, en medio del momento me hace jurarle que para siempre estaré con ella mientras ella me jura lo mismo, ambos debíamos salir del hueco tan profundo en que estábamos desde que perdimos a nuestra hija.
Las cosas comenzaron a mejorar, después de mucho tiempo las cosas estaban en calma, todo iba bien, pero en realidad la vida solo me estaba preparando para otro golpe más, Mariana comenzó a tener una conducta atípica, le costaba mucho dormir, se veía desesperada y comenzó a tener constantes ataques de pánico, una tarde al llegar del trabajo encuentro al amor de mi vida ahorcada en nuestra habitación, al parecer no pudo aguantar la perdida de nuestra hija como lo expreso en una nota que dejo en nuestra cama y en la que también recalcaba la promesa de que me había hecho de siempre estar conmigo, mientras me pedía perdón.
Pueden imaginar lo profundo del hueco en el que caí en ese momento, muchas veces intente quitarme la vida, solo, en esa habitación, pero nunca tuve la valentina que mi preciosa Mariana tuvo para acabar con su sufrimiento de raíz, era un cobarde que prefería seguir sometiéndome a mi pesadumbre, torturándome todo el tiempo. Con esos ruidos y pesadillas que no me dejaban en paz.
Una noche al salir a comprar más alcohol a un bar que quedaba cerca de casa se me acerca una mujer, voluptuosa, coqueta, de esas que con tal de que les den unos tragos se van con cualquiera, al insinuarse en repetidas ocasiones le seguí el paso y la lleve hasta la cochera de mi casa, cuando la mujer comenzaba a desnudarse las cosas sin ninguna explicación comenzaron a caer al suelo, las ventanas del carro se quebraron, y cual sería mi pavor al ver que una escalofriante figura con la cabeza partida hacia un lado se acercaba a mi mientras me decía “Mi amor, yo siempre estaré contigo, recuerdas?, caí inconsciente y unos minutos más tardes desperté con los gritos de horror de vecinos que al escuchar los fuertes estruendos acudieron a la casa y encontraron el cuerpo de la mujer, con marcas en el cuello por ahorca y totalmente golpeada por todos lados…
Y hoy… Me encuentro aquí encerrado en este manicomio, todos creen que estoy loco, pero lo que si es cierto es que mi Mariana siempre está conmigo, cada vez que volteo puedo verla de reojo, con el cuello totalmente partido hacia un lado. 😱😱
Autor

A.M

Qué es retinoblastoma?

Descripción general.

El retinoblastoma es un cáncer del ojo que comienza en la retina, el recubrimiento fotosensible de , la parte interior del ojo. El retinoblastoma afecta con mayor frecuencia a los niños pequeños, pero , en raras ocasiones puede afectar a los adultos.

Cómo está conformada la retina?

La retina está formada por tejido nervioso sensible a la luz que atraviesa la parte del frente del ojo.

La retina, a través del nervio óptico, envía señales al cerebro, donde se interpretan como , imágenes.

Una forma poco frecuente de cáncer de ojo, el retinoblastoma, es el cáncer de ojo más común en , los niños. El retinoblastoma puede presentarse en uno o en ambos ojos.

Cuáles son los síntomas principales?

Ya que el retinoblastoma afecta sobre todo a bebés y niños pequeños, los síntomas no son , comunes. Los signos que podrías notar son los siguientes:

Un color blanco en el círculo central del ojo (pupila) cuando se alumbra el ojo con una luz, por , ejemplo, cuando alguien le toma una fotografía con flash al niño. Ojos que parecen mirar hacia , direcciones distintas. Poca visión. Enrojecimiento de los ojos. Hinchazón de los ojos.

Cuándo consultar al médico

Pide una cita con el médico de tu hijo si observas cualquier cambio que te preocupe en los ojos de , tu hijo. La retinoblastoma en un cáncer poco frecuente, por lo que el médico de tu hijo podría , indagar primero en otras enfermedades oculares más comunes.

Toma nota:

Si tienes antecedentes familiares de retinoblastoma, convérsalo con tu médico si planeas tener un , hijo.

Además. Si quieres obtener más información completa sobre esta enfermedad

Haz clic aquí

Reflexión. el tiempo.

No pierdas el tiempo odiando..

y si lo vas a hacer.. no te quedes allí por siempre.

No guardes resentimientos por .. una vida entera.., solamente porque el orgullo o un mal entendido te hizo actuar en contra de tu corazón.

No pases más de unas horas o un día o un día y medio atrapado en malentendidos y peleas con aquellos que amas..

no vale la pena.. al final verás que no lo vale.

Trata de no despedirte de alguien.. enojado.. que las últimas palabras con que te recuerden sean amables a pesar de las diferencias que entre cada ser humano existen.

Aclara las cosas con quien te importa.., escucha abiertamente.., exprésate honesta y auténticamente., No dejes los abrazos para última hora..

“3 PuntoEl tiempo juntos en este mundo no es eterno.. aprovechemos cada segundo que podamos repartiendo amor.. a nuestro corazón y al corazón de nuestros hermanos3 Punto”

Sígueme en mi Facebook.

Haz clic aquí

Oración de la mañana 19.09.2021

Amado Dios, hoy quiero empezar mi oración dándote gracias por este día que Tú en tu inmensa bondad me regalas.

Es hermoso poder despertar cada mañana y verme rodeado de tantas maravillosas bendiciones.

Tú me das la vida y me permites vivirla al lado de mi familia, me das un techo seguro bajo el cual descansar, me brindas el pan de alimento y siempre cuidas de mí y de los míos.

Qué glorioso es poder sentir tu presencia a cada instante en mi senda, y qué glorioso es saber que Tú siempre escuchas mis plegarias y me brindas maravillosas respuestas.

Hoy viviré con alegría, porque sé que Tú estás conmigo y desde ahora, en tu nombre declaro que hoy será un día de triunfo, donde mis anhelos se convertirán en dulce realidad y viviré rodeado de amor, felicidad, paz y prosperidad.

Mi vida es maravillosa gracias a Ti Señor, alabado seas por siempre.

Amado Dios, te pido que no te apartes de mi vida ni por un instante y que seas mi guía, mi refugio y también mi consuelo.

Te pido que me colmes de sabiduría, para tomar buenas decisiones, paciencia, para no desfallecer en medio de las pruebas, y fe para comprender que tus designios son perfectos y que tus planes siempre son mejores que los míos.

Señor, por favor ayúdame a alcanzar mis metas, Tú conoces mi vida y mis sueños, tómame de la mano y guíame por caminos de victoria.

Padre eterno, confío en Ti, en tus palabras y en tus promesas maravillosas. Por eso te entrego este nuevo día que comienza.

Por favor orienta mi andar, cuida de las personas que amo, ilumina mi mente, despeja mis dudas, llena de valentía mi espíritu y desborda éxito y abundancia en todos mis proyectos.

Señor, la fuerza de tu amor me permite salir siempre adelante. Gracias por ser la luz que aclara mi senda, y gracias por ser mi mejor amigo.

Amén.

Sígueme en Facebook

Aquí

La sangre llama la sangre cuento fantástico

LA SANGRE LLAMA A LA SANGRE (cuento fantástico):

Era un ser de las tinieblas y durante miles de años su único objetivo había sido la venganza.

Tras numerosos fracasos, finalmente había conseguido destruir a Lagina,

la bruja inmortal que había asesinado a su hija en una época remota, cuando él aún era humano.

Desde entonces Hecateo,

el vampiro,

no había hecho otra cosa que deambular por la noche, buscando sangre con la que mantener una existencia antinatural, cuyo único sentido era la simple prolongación.

Cierta fría noche del año 1855, mientras vagaba por las afueras de París, percibió el inconfundible aroma de la sangre recién derramada.

Guiado por su fino sentido del olfato, se acercó a una casa solitaria, cuya puerta estaba abierta.

Al entrar se encontró con una escena dantesca, capaz de estremecer a quien no fuera un vampiro milenario.

Tres personas (una pareja de mediana edad y una niña de doce años) yacían sobre sendos charcos de sangre.

La niña aún seguía viva y consciente.

Cuando Hecateo se acercó a la pequeña, esta, con sus últimas fuerzas, le dijo con voz trémula:

¡Por favor, señor, ayúdeme a levantarme! ¡Tengo que ayudar a mis padres!

Hecateo la miró fríamente y le dijo:
-Tus padres ya están muertos, pequeña. Y tú también vas a morir en breves, pues has perdido demasiada sangre.

Lo único que puedo hacer por ti es esto.
Dicho esto, Hecateo se mordió los labios y se arrodilló para besar la pálida boca de la niña, de modo que esta pudiera beber su sangre.


Pocas horas después, Hecateo caminaba por un oscuro bosque próximo a la orilla del Sena. Cuando su fino oído notó que alguien lo estaba siguiendo, se detuvo en seco y le dijo a su perseguidora:

-Helene, te convertí en un vampiro, no en mi sombra. Nadie te ha dado permiso para que me sigas a todas partes, ¿entiendes?

Helene Belfort (así se llamaba la niña de la casa) le dijo a Hecateo con voz triste:

-Pero, señor, mi familia ha muerto y no tengo ningún sitio adonde ir. Si usted no me quiere, me quedaré sola en el mundo.

-Pues yo llevo miles de años solo y me las arreglo bastante bien.
-¿Pero siempre fue así, señor Hecateo? ¿Nunca añoró usted la compañía de nadie?

Aquellas palabras crisparon al vampiro, que recordó durante un instante aquellos rostros amados que creía haber olvidado para siempre: su dulce esposa Casandra, su adorada hija Eos…

Helene, asustada por la rabiosa expresión de Hecateo, tragó saliva, pensando que había hablado más de la cuenta.

Por suerte para ella, Hecateo se contuvo y, tras unos segundos de tenso silencio, le dijo, con un tono más amable de lo habitual en él:

-Por ahora te permito acompañarme. Pero solo “por ahora”, ¿entiendes?
-¡Muchas gracias, Hecateo!
Al decir esto, Helene sonrió por primera vez desde su transformación.


Poco después, alguien llamó a la puerta de Monsieur Duvalier, el hombre que controlaba desde las sombras todo el crimen organizado de París.

El dueño de la casa, que solía pasar las noches en vela, bajó al vestíbulo acompañado por su amigo Pierre, un peligroso atracador y asesino procedente de los bajos fondos.

Cuando abrió la puerta vio a un caballero elegantemente vestido, que se dirigió a él con suma cortesía:


-Buenas noches, Monsieur Duvalier. Lamento molestarlo a unas horas tan intempestivas, pero, como usted bien sabe, ciertos negocios rehúyen la luz del día.


Pensando que su visitante era alguien de su misma calaña, Duvalier le preguntó:


-¿Tiene usted algo que ofrecerme?


-Así es, amigo mío. Tengo algo para usted en mi carruaje. Si es tan amable de acompañarme…


El desconocido y Duvalier se acercaron a un carruaje estacionado en un callejón oscuro.

Dentro del vehículo se hallaba una hermosa niña, profundamente dormida. A juzgar por la intensa palidez de su piel, debían de haberle suministrado algún narcótico para mantenerla inconsciente.

Duvalier la contempló con ojos lascivos y le dijo al desconocido:

-Sin duda, es una auténtica preciosidad. Pero, antes de acordar un precio por ella, me gustaría examinarla en un lugar más iluminado… y, por supuesto, sin tanta ropa encima.


-Como desee, caballero. Puede llevarla a su casa y examinarla a su gusto, sin compromiso alguno.


Duvalier agarró a la niña en sus fuertes brazos y se la llevó a su casa.

Entonces Pierre, que se había quedado esperando en el vestíbulo, vio el rostro de la muchacha y no pudo contener un grito de terror:

-¡Dios mío, no puede ser que esa niña siga viva! ¡Si yo mismo la apuñalé cuando asaltamos la casa del juez Belfort!


-Quizás aquella puñalada no fue tan eficaz como esta, Monsieur.

Mientras profería estas palabras, el desconocido extrajo de su bastón un estoque, con el cual atravesó el corazón de Pierre.

Al mismo tiempo la niña despertó súbitamente y mordió el cuello de Duvalier, degollándolo con sus afilados dientes antes de que tuviera tiempo para reaccionar.


Cuando ambos criminales dejaron de respirar, el hombre del bastón, que no era otro que Hecateo,

le dijo a Helene:

-La venganza es dulce, pero la sangre es más dulce todavía. Te los dejo para ti sola.


Helene se arrojó sobre los muertos y bebió su sangre, sumida en un éxtasis de placer durante el cual no pudo pensar en ninguna otra cosa.

Cuando se sintió saciada se levantó para darle las gracias a Hecateo,

pero este había desaparecido entre las sombras. Aun así, Helene sonrió y se dijo:


-Muchas gracias por todo, Hecateo. Y estoy segura de que volveremos a vernos algún día (o alguna noche, mejor dicho).

Diseña un sitio como este con WordPress.com
Comenzar